Opinión

La otra cara del Brexit y la UE

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Theresa May, en la cumbre del Brexit en Bruselas.

Con motivo de grave crisis económica que padeciera Suecia como consecuencia del despilfarro socialista en la última década del siglo XX, un periodista de allí hizo fortuna con una frase: “Suecia es el único país bananero que no cultiva plátanos”. Ahora podríamos decir que el Reino Unido, patria original de la democracia liberal, ha convertido su representación parlamentaria en “una jaula de grillos” que nadie habría adivinado se fuera a producir en la cuna de la estabilidad política merced a su sólido sistema de representación democrática basado en circunscripciones unipersonales en las que se elige al candidato más votado.

De este sistema mayoritario de elección siempre se ha alabado que proporciona políticas predecibles y gobiernos estables, lo que ha venido siendo cierto allá donde se ha practicado hasta ahora; con la excepción que estamos viviendo estos días en el Reino Unido con motivo del brexit. Los sainetes políticos típicos de democracias inmaduras y la inestabilidad de los países -la Italia de siempre y la España de nuestros días- con sistemas proporcionales se han instalado en la sede parlamentaria de Westminster que ofrece espectáculos casi diarios cada vez más impredecibles y sin sentido del ridículo.

En un artículo reciente propuse un remedio democrático de urgencia para salir del atolladero político del “brexit”: que los partidos políticos con representación parlamentaria discutaninternamente para posicionarse unánimemente, como en España, pero diferencia de aquí tras un abierto debate donde todos los diputados puedan expresar sus posiciones para ser votadas con criterio mayoritario antes de ser llevadas al parlamento.

No parece que ni esta ni otra fórmula de cordura política vaya a encauzar el proceso abierto, cuya evolución es difícilmente pronosticable, aunque su final será muy difícil que no termine con un brexit muy, poco o nada razonable.

Los sainetes políticos típicos de democracias inmaduras y la inestabilidad de los países con sistemas proporcionales se han instalado en la sede parlamentaria de Westminster

Llama  mucho la atención que el origen del brexit se deba a un primer ministro británico cuyo discurso, poco después de su toma de posesión a finales de 2013, tildaba de “decisión ilusoria” un referéndum sobre el abandono de la UE. Dicho discurso contenía una crítica constructiva sobre el futuro de la UE, que es un pena haya desaparecido del mapa político.

Es tan absolutamente mayoritaria la opinión política –políticos y medios de comunicación– a favor de la UE y en contra del brexit, que por el camino se están obviando realidades que aunque no quieran verse están a la vista de todos. Por una parte, no sólo las clases bajas y menos ilustradas de la profunda Inglaterra, están a favor del brexit; también lo están, y desde siempre muy ilustrados pensadores británicos con razonamientos muy arraigados allí y que no pueden despacharse sin más. Por otra parte, la clase política y periodística “mainstream” de la UE menospreciadoras del brexit no han perdido tiempo alguno en valorar si la UE está funcionado debidamente o no, cuando hay sobradadas razones para revisar y cuestionar su funcionamiento como hiciera Cameron en su citado discurso.Mientras los británicos resuelven su salida de la UE sería, paradójicamente, muy útil que los que nos quedamos asumiéramos los argumentos que esgrimiera Cameron, entre los que cabe señalar:

  • El principal objetivo de la UE es conseguir  las máxima prosperidad, mediante la creación de riqueza y empleo.
  • La UE debe vencer su crisis de competitividad completando el mercado único eliminando trabas, sobre todo a las PYME, que debieran estar exentas de directivas europeas.
  • La Comisión, que no deja de crecer, debe reducir su dimensión al tiempo que debe rendir cuentas por responsabilidad democrática.-Las normativas y directivas de la UE deben dejar de entrometerse en la vida doméstica.

El brexit británico debiera ser una oportunidad de crítica constructiva para la EU, porque además de los citados argumentos de Cameron, dos importantes evidencias empíricas ponen de manifiesto una clara desafección de los ciudadanos hacia sus instituciones:

La participación ciudadana en las elecciones al parlamento europeo no ha hecho sino decaer desde más del 60% en 1979 hasta poco más del 40% en 2015. Según el Eurobarómetro la opinión pública es cada vez menos favorable a la UE: desde entre el 80-50 % de 1990 hasta el 50-40% de nuestros días, con el Reino Unido cerca del 20%.

Frente a las buenas razones de Cameron y la realidad de los hechos, cuanto mas tarde la UE en abandonar su política del avestruz para afrontar críticamente su realidad será peor para todos, porque los problemas de sobre-regulación, el consecuente menoscabo de la competitividad y el poco democrático alejamiento del “aparato burocrático de Bruselas” del aprecio ciudadano puede terminar siendo pasto de los populismos tan en  boga.

Se echa en falta que no haya defensores políticos de altura a favor de reformas que pueden y deben reconducir el futuro de la UE hacia un espacio de competitividad y prosperidad económica

Antes del discurso de Cameron, Thatcher ya había advertido que la fuerte personalidad de la viejas naciones europeas –Francia, España y Gran Bretaña– no iba a desaparecer  para sumirse en una nueva personalidad europea al gusto de la ingeniería social tan del gusto progresista.

Recientemente, el siempre perspicaz Francis Fukuyama ha sostenido que una identidad europea es muy difícil que emerja, al menos a corto y medio plazo, pero que el estrés darwiniano asociado al “brexit” puede hacer más fuerte a la UE.

Volviendo al Reino Unido, sería curioso -además de probable- que la salida de una UE intervencionista se saldara con un gobierno socialista en las islas, que conduciría a un  remedio peor que al enfermedad.

En todo caso, ante la situación descrita, se echa en falta que no haya defensores políticos de altura a favor de reformas que, curiosamente recetadas por los británicos salientes, pueden y deben reconducir el futuro de la UE hacia un espacio de competitividad y prosperidad económica aligerado de trabas que haga posible la recuperación de la confianza social en el gran proyecto europeo.

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