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La excepción es Federer

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El suizo festeja su título 101 en Miami (6-1 y 6-4 a Isner) y se convierte en el primer tenista, masculino o femenino, que gana más de un trofeo esta temporada. No ganaba un M1000 desde octubre de 2017

El misterio, a estas alturas, sigue sin resolverse: ¿Cómo consigue Roger Federer hacer tan extraordinariamente fácil aquello que es tan extraordinariamente difícil? ¿Cómo demonios logra el suizo, camino de los 38 años y de mecha infinita, transformar el violento crujido de su cordaje en la caricia más delicada? Solo él lo sabe, nadie más. Solo él domina el juego como lo hace, metiendo una, dos o tres marchas más si es necesario, o bajando el ritmo si la escena así lo demanda, porque solo hay un tenista capaz de marcar los tiempos y dominar la acción de esa manera. No se mancha, no se despeina, y rara (rarísima) vez suda. Sencillamente, Federer gana.

Tenga 18 y sea un rebelde con coleta, o bien 30 y sufra de la espalda, o bien no esté muy lejos de los 40, como ahora, la partitura no varía. Son ya 101 títulos, con el cuarto que obtuvo este domingo en Miami al batir al gigantón que defendía el cetro y que rara vez pierde la sonrisa, pero al que se le torció rápido el gesto porque el suizo salió en estampida y, por si fuera poco, luego sufrió de una rodilla y acabó el partido a duras penas: 6-1 y 6-4, en 63 minutos. Es decir, en la final contra John Isner no hubo demasiada final, sino más bien solo media.

Lo que hubo fue más poesía, más fantasía, más delicatessen. El estadounidense (2,08) terminó ko, lesionado, y Federer cerró la semana elevando el enésimo trofeo, el segundo de esta temporada; el último de un listado kilométrico que cada vez se asemeja más al que dejó el estadounidense Jimmy Connors, recordman de la raqueta con 109.

No está el de Basilea en su mejor momento, por la lógica consecuencia de los años; se le empiezan a hacer demasiado largos los torneos de dos semanas y se cae en la tentación (comprensible tentación, por una mera cuestión cronológica) de hablar de él en tono crepuscular, de despedida. Sin embargo, Federer replica al abordaje, tal y cómo como juega. De órdago en órdago. Cuando menos se le espera, cuando se comienza a apreciar un ligero declive y asoma la coletilla (“parece que ahora sí…”), él reaparece con la fórmula de seda y violencia que esconde su Wilson para seguir masticando la historia.

En su peregrinaje hacia el infinito, Federer no comprende de edades ni de ciclos. Evoluciona, pero la esencia sigue siendo la misma. Contra Isner no podía especular y voló cuando el norteamericano aún no se había lastimado. Se dejó tan solo tres puntos con el servicio, jugó con el turbo y redondeó otra magnífica aparición, habiendo apeado previamente a rivales exigentes como Medvedev, Anderson o Shapovalov. Puso el lazo este domingo en el marco de la próxima Super Bowl y alcanzó su primer trofeo de un Masters 1000 desde octubre de 2017, cuando superó a Rafael Nadal en la final de Shanghái.

Hasta ahora, nadie había ganado más de un título esta temporada, ni en el circuito masculino ni el femenino: 19 y 14 campeones distintos, respectivamente; la australiana Ashleigh Barty ha sido la ganadora en Miami.

Sin embargo, Federer es único. Ha competido en cuatro torneos, ha celebrado dos (Dubái y este) y mientras se habla de su final ya es el mejor jugador del año, según la clasificación actualizada de la Race. Conquistó su 28º Masters 1000, por los 33 de Nadal y los 32 de Novak Djokovic. Es decir, Federer sigue a lo suyo: la victoria como rutina. Siendo una maravillosa excepción.

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