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Busquets ante la dictadura

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El Camp Nou la toma con los garantes del estilo porque, sospecha, son ellos los que han desertado voluntariamente de aquel estado de felicidad permanente

Si hay un jugador en la plantilla del Barça capaz de atenuar con escepticismo los silbidos de su propia afición ese es Sergio Busquets: nunca se creyó más de lo que era, nunca se creerá menos de lo que es. Lucir apellido de proscrito y haberse criado en La Masia ayuda a relativizar las reacciones puntuales de un público que, por puro instinto, mira siempre a los de casa cuando las cartas vienen mal dadas. Es una costumbre muy arraigada en el Camp Nou y que nos recuerda el carácter cuasi familiar de ciertos clubes en los que la ropa sucia, incluso la de diseños complicados como la próxima camiseta ajedrezada, se sigue lavando en casa.

Busquets no es Coutinho, por ejemplo, caso atípico de brasileño al que defender la camiseta azulgrana —o vivir en Casteldefells— no le parece motivación para saltar al campo con, al menos, una sonrisa. El carioca es ese tipo de futbolista al que los argentinos suelen definir como amargo, de los que salen a jugar como si el mundo les debiera una disculpa, cuando no una explicación. Busquets, en cambio, es la viva imagen del eterno debutante, como si en su prolífica carrera no hubiese hecho otra cosa más que jugar, cada domingo, aquel primer partido contra el Racing de Santander. Su entusiasmo y extremo sentido de la responsabilidad le convierten en el perfecto cabeza de turco para la grada enfurecida. El público trata de entender el porqué de las hecatombes y ya no encuentra en Busquets al delegado cultural de La Masia, aquel funcionario de alto nivel que despachaba formularios en treinta metros para que sus compañeros se limitaran poco más que a sellarlos. Y por eso le pitan: porque ya no lo entienden.

El drama al que debe hacer frente Busquets, sin embargo, no es tanto la incomprensión de una grada extraviada como la que parece emanar del banquillo y, por extensión, desde la dirección deportiva. A fin de cuentas, él sigue haciendo lo de siempre: interpretar el papel del buen soldado, aunque cada día resulte más evidente que esta guerra ya no es la suya. Recuerda su aparente caída en desgracia a la protagonizada por Xabi Alonso en su última temporada con el Real Madrid. Obligado a cubrir demasiado espacio, privado del contacto nutritivo del balón, el vasco se nos antojaba un exfutbolista hasta que aterrizó en Múnich y recuperó, de golpe, el brillo perdido. A Busquets se le puede —y se le debe— exigir que sea Busquets, pero nunca que se convierta en Kanté, Wanyama, Forrest Gump o Javier Gómez Noya. El suyo es uno de esos casos tan particulares en los que advertir sus dificultades debería servir como demostración de que existe un profundo error de planteamiento.

“Extraño esa época, el juego que teníamos, cómo encarábamos cada partido”, declaró Leo Messi en una reciente entrevista a Fox Sports Radio. Se refería, claro está, a la etapa de Guardiola al frente del equipo, a las orgías en el centro del campo, a la buena compañía, a la omnipresencia del verdadero Busquets… Todo eso extraña Messi y también un estadio que la toma con los garantes del estilo porque, sospecha, son ellos los que han desertado voluntariamente de aquel estado de felicidad permanente. Tampoco nos rasguemos las vestiduras por ello: sucede hasta en las mejores dictaduras y pronto llegará el verano.

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